Las Hermanas Caladoras

En Casillas del Ángel vivieron las hermanas Montelongo Barrios: siete mujeres que dedicaron una parte importante de sus vidas al calado. En aquella IV edición de la Feria Insular de Artesanía de Antigua les concedieron el premio insular.
Agustina, Lola, Ana, Carmela, Teresa, Juana y María fueron casi un emblema de Casillas. Reunidas en torno a una mesa, las hermanas salpicaban la conversación con toques finos de buen humor y picardía. Recordaban las tardes y las noches en las que, alrededor de un candil, calaban hasta el amanecer para acabar los encargos que les llegaban de todas partes de la isla. «Venían muchos militares que querían llevarse manteles para la península». Fueron tiempos duros, decía la mayor de las hermanas, «ni café podíamos beber, pero mira, nosotras nos lo pasábamos bien».
Durante la guerra, cuatro de las Montelongo se fueron a Gran Canaria. Trabajaban toda la semana y el sábado llevaban lo acabado a una casa que les pagaba en el instante. Regresaron a Casillas y siguieron calando hasta que el cansancio y la mejora de su situación económica pudieron relevarlas de este duro quehacer. El domingo 5 de mayo de 1991 recibieron una placa en reconocimiento a su labor como trabajadoras del calado.
Los artesanos dedicaban a este tipo de quehaceres un tiempo parcial, ya que necesitaban otra ocupación remunerada para mantenerse. En el caso mayoritario de las mujeres, estas debían compaginar esta tarea con sus labores domésticas.

El origen de esta tradición se remonta al período posterior a la conquista de las islas, durante los siglos XVI y XVII. La influencia del bordado portugués y flamenco, llegada a través de las rutas comerciales atlánticas, se fusionó con la destreza local hasta desarrollar una identidad propia. A lo largo del siglo XIX y principios del XX, el calado dejó de ser únicamente una labor doméstica o suntuaria para convertirse en una próspera industria de exportación, especialmente orientada hacia el mercado británico. Durante esa época, los calados canarios alcanzaron renombre internacional, vistiendo las mesas y ajuares de familias acomodadas en toda Europa.
El proceso de elaboración del calado exige un dominio técnico extraordinario, paciencia y una vista privilegiada. Todo comienza con la elección del tejido y el diseño. En primer lugar, la artesana —conocida tradicionalmente como caladora— realiza el deshilado, un paso crítico en el que se extraen con extremo cuidado ciertos hilos de la trama y de la urdimbre de la tela. Esta operación genera una retícula o rejilla sobre la que se trabajará. A continuación, el tejido se fija firmemente en un bastidor de madera para mantener la tensión adecuada. Finalmente, con aguja e hilo fino, se ejecutan las pasadas y nudos que dan forma a los calados propiamente dichos. Entre los motivos más emblemáticos destacan la espiga, el fuelle, la redondilla o la estrella, cada uno con un grado de complejidad particular.
Históricamente, los calados han estado vinculados al vestuario tradicional, adornando los dobladillos, puños y cuellos de los trajes típicos o de mago de las distintas islas. Sin embargo, su aplicación también se extendió al ámbito del hogar a través de mantelerías, caminos de mesa, sábanas y pañuelos de gran elegancia.
Hoy en día, el calado canario se enfrenta al desafío generacional y a la competencia de los textiles industriales. A pesar de ello, sigue vivo gracias al esfuerzo de asociaciones, talleres artesanos e instituciones que velan por su preservación y divulgación. Además, diseñadores contemporáneos de las islas están reinterpretando esta técnica milenaria, incorporándola en prendas de alta costura, complementos modernos y decoración de interiores.
En definitiva, los calados no son solo encajes de belleza excepcional; representan la paciencia, el saber hacer y la memoria histórica de las mujeres canarias, consolidándose como un símbolo perdurable del legado artesanal de Canarias.
