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Los Mariantes de Fuerteventura: El viaje estacional de la tierra al mar

Los Mariantes de Fuerteventura: El viaje estacional de la tierra al mar

Fuerteventura es una isla de contrastes, donde la dureza del clima ha forjado a lo largo de los siglos una población de una resiliencia admirable. Históricamente, sus habitantes no se definían únicamente como agricultores o como pescadores; eran ambas cosas según lo dictara el calendario de la naturaleza. Una de las manifestaciones más fascinantes de este modo de vida nómada y de subsistencia fue la actividad de los mariantes, un fenómeno social y económico que transformaba la geografía humana de la isla cada año.

Del surco al litoral: El inicio del viaje

Mariantes en la costa Majorera

Fotos colaboración de la Asociación de Mariantes Fuerteventura

La vida en el interior de Fuerteventura dependía estrechamente del ciclo agrícola. Tras meses de duro trabajo bajo el sol majorero, sembrando y cuidando las ricas cosechas de cebada, trigo o legumbres, llegaba el momento de la recogida. Pero una vez que el tiempo de las cosechas terminaba, la tierra entraba en su periodo de descanso y los recursos escaseaban.

Era entonces cuando la mirada de los isleños se giraba hacia el Atlántico. Casi de forma ritual, familias enteras iniciaban una migración estacional hacia las zonas costeras de la isla. No se trataba de un viaje de recreo, sino de una imperiosa necesidad de subsistencia para complementar la dieta y asegurar el sustento de los meses venideros.

Las «estancias»: Un hogar sin puertas frente al mar

El traslado no era individual; era un asunto profundamente familiar. El padre, la madre y los hijos cargaban con lo mínimo indispensable y se ponían en ruta hacia el litoral. Al llegar a la costa, se asentaban en unas construcciones muy particulares conocidas popularmente como estancias.

Estas estancias eran la definición misma de la arquitectura de la necesidad. Eran cuartos rudimentarios, levantados con piedra seca de la zona, que compartían una característica muy peculiar: no tenían puertas. En un entorno costero azotado por el viento, estas aberturas permitían una ventilación constante, pero sobre todo reflejaban una época de profunda confianza comunitaria, donde el peligro no venía de los vecinos, sino del propio rigor del clima. En estos espacios mínimos, la familia convivía, descansaba tras las duras jornadas en el mar y organizaba la vida cotidiana.

El arte de la marea y el secreto de la conservación

Una vez establecidos, la actividad era frenética. Hombres, mujeres y niños se repartían las tareas en la costa. Se pescaba desde la orilla o en frágiles embarcaciones, y se practicaba el marisqueo a lo largo de las rocas caladas por la marea, recolectando lapas, burgados y pulpos.

El gran desafío de los mareantes no era solo capturar el alimento, sino lograr que durase. En una Fuerteventura sin electricidad ni sistemas de refrigeración, el ingenio popular agudizó los métodos de conservación. Todo lo recaudado se procesaba de inmediato utilizando los dos grandes aliados de la conservación marina: la sal y el vinagre.

Mediante el salazón de los pescados (como la vieja o el jurel) y la preparación de escabeches y salmueras para los mariscos, las familias lograban preservar estas proteínas durante meses. El alimento no solo se consumía en el campamento, sino que se preparaba minuciosamente para el viaje de vuelta.

El santuario de la sal: El cuidado sagrado de los charcos costeros

Para los mareantes de Fuerteventura, la naturaleza no era un escenario que explotar, sino un delicado equilibrio que proteger. Entre las lecciones más rigurosas que los padres inculcaban a los más pequeños destacaba el respeto absoluto por los charcos de marea. Estos espacios no eran simples acumulaciones de agua salada; eran auténticas despensas naturales donde el sol y el viento obraban el milagro de la evaporación, regalando el oro blanco de la isla: la sal.

El cuidado de estos charcos era estricto y sagrado. Existía una prohibición tajante que los niños aprendían desde la infancia: jamás debían lavarse las manos ni jugar en ellos. Introducir extremidades sucias, restos de comida o agua dulce en el charco rompía la pureza del proceso. Cualquier contaminante orgánico o alteración en la densidad del agua podía malograr la cristalización, arruinando por completo el elemento de conservación más valioso que tenían.

Sin esa sal pura, la campaña de pesca fracasaría, pues no habría forma de preservar los alimentos para el invierno. Así, a través de la disciplina y el respeto, los mayores transmitían una verdad ecológica fundamental: cuidar del charco era asegurar la supervivencia de toda la familia.

Un legado de identidad majorera

Cuando los vientos cambiaban y el tiempo de volver a preparar la tierra para la siembra se acercaba, las familias levantaban el campamento de las estancias. Regresaban al interior de la isla con los fardos llenos de pescado seco y jareas, listos para afrontar el invierno.

La actividad de los mareantes en Fuerteventura es un testimonio vivo de la cultura del esfuerzo y la adaptabilidad. Hoy, aquellas estancias de piedra, muchas de ellas derruidas o devoradas por el tiempo, permanecen en el litoral majorero como monumentos silenciosos que recuerdan cuando el mar era el gran granero de emergencia de Fuerteventura.

La Asociación de los Mariantes

Entra al rescate una tradición ancestral, enseñando a los más jóvenes de Ajuy, todo lo necesario de este oficio en complicidad con la naturaleza,respetándola y cuidándola, para que siga siendo fuente del sustento como en antaño lo fueron de sus ancestros familiares,

Coloquio sobre los mariantes en Ajuy.

Coloquio El Servicio de Patrimonio Cultural del Cabildo de Fuerteventura pone en marcha un nuevo ciclo de Encuentros con el Patrimonio con el coloquio “Los mariantes: memorias vivas de la mar”.

En este encuentro participaron León y Horacio Avero Umpiérrez, pescadores de Ajuy y mariantes desde su infancia, acompañados por Juan José Betancort Roger, miembro de la asociación Los Mariantes .A la que se unio el Sr. Pedro Cabrera presente como asistente, y que hizo un gran aporte de su experiencia como mariante,

De forma participativa, se abordará la importancia de la transmisión y reconstrucción de los saberes de la pesca tradicional, así como el papel fundamental de los mariantes, cuyos conocimientos han pasado de generación en generación.

Durante el coloquio, los asistentes participaron haciendo preguntas y algunas aportaciones que enriquecieron la aportaciones históricas a esta actividad, Tanto el Alcaide de Pájara Alejandro Jorge anfitrión del acto, como el Consejero de Cultura Raico Cabrera como organizador, coincidieron en la importancia de rescatar una parte de la historia de la isla inmaterial y darle visibilidad para que forme parte del patrimonio insular y acercarse a sus historias de vida y escuchar recuerdos que constituyen una memoria viva, esencial para preservar y no olvidar una parte fundamental de nuestra historia, cultura y patrimonio.

Audio colaboración de Francis Vidic Fuerteventura

Participantes del coloquio y moderador.

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